Rendición

Los datos ahí están: ha pasado de tener cien centrifugadoras a veinte mil, ha burlado a los verificadores internacionales y la capacidad internacional para controlar su desarrollo nuclear sobre el terreno es casi inexistente

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El acuerdo de Irán con seis potencias mundiales (China, Estados Unidos, Francia, Alemania, Gran Bretaña y Rusia) es una rendición en toda regla.

Se pueden encontrar muchos eufemismos, y algunos elevarán la retórica a categoría de “acuerdo histórico”, aunque más que protagonizar la historia, este acuerdo la repite con tozuda veneración. Porque lo cierto es que, como hacemos siempre, nos hemos rendido sin paliativos a una teocracia tiránica que no ha rebajado ni una sola de sus maldades.

Irán, el Irán que ha fumado la pipa de la paz con un Obama encantado de haberse conocido, no dejará de reprimir a su población brutalmente ni dejará de lapidar mujeres. No dejará de amenazar a Israel con la destrucción, ni cejará en su intento. No dejará de financiar a Hizbulah y a otras organizaciones islamistas sangrientas.

Y, por supuesto, no dejará de avanzar en su programa nuclear. De hecho, este acuerdo es la garantía para culminarlo, y nada de lo que ha firmado impedirá que lo consiga. Lo dijo en su momento Kissinger en The Wall Street Journal, “Irán ha ido paulatinamente llevando las negociaciones a su terreno”, y los datos ahí están: ha pasado de tener cien centrifugadoras a veinte mil, ha burlado a los verificadores internacionales y la capacidad internacional para controlar su desarrollo nuclear sobre el terreno es casi inexistente. Dada, pues, la experiencia de los últimos años, con bloqueo incluido, cabe temerse lo peor, un Irán con poder nuclear. En este sentido, las declaraciones de Obama hablando de región más estable (¿más estable, con Arabia Saudí de los nervios, una guerra en Siria y otra en Yemen, ambas con Irán de por medio?) y de un Irán más abierto (¿abierto a qué, a morirse de risa en nuestra cara?) son una broma con muy poca gracia.

Lo cierto es que todo lo dicho no ha importado nada, porque entre un Obama que sueña con entrar en la historia deshaciendo entuertos (aunque sea empeorando los conflictos) y unos países que se relamen con el 50% de petróleo que Irán tiene varado por culpa de las sanciones -la cuarta reserva del mundo-, el resto de los condicionantes han resultado menores.
Tampoco ha sido menor el giro de alianzas que ha representado la guerra de Siria, con un Irán luchando contra el Estado Islámico, lo cual sitúa a unos islamistas terroríficos en guerra con una tiranía terrorífica. De lo peor, a lo peor. Sea, pues, por intereses de unos u otros, o por realpolitik salvaje, lo cierto es que, tantos años después de sacar pecho ante las tropelías de una de las tiranías más atroces del planeta, Irán acaba sacando la carta ganadora. Y Occidente hace lo que hace siempre cuando hace el ganso, reír a la cámara, venderlo como un hito histórico e irse a dormir la siesta.

¡Cuánta razón tenía Wafa Sultan cuando me recordó el dicho árabe!: “Me necesitas, te poseo”. Necesitamos el petróleo y hasta el más malo de la corte nos ­posee.

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Judíos de seis brazos

Lunes por la noche, en Barcelona. En el restaurante, un centenar de abogados y jueces. Se han reunido para oír mis opiniones sobre el conflicto de Oriente Medio. Saben que soy un barco heterodoxo, en el naufragio del pensamiento único que impera en mi país, sobre Israel. Quieren escucharme. Alguien razonable como yo, dicen, ¿por qué se arriesga a perder la credibilidad, defendiendo a los malos, a los culpables? Les digo que la verdad es un espejo roto, y que todos tenemos algún fragmento. Y provoco su reacción: “todos ustedes se creen expertos en política internacional, cuando hablan de Israel, pero en realidad no saben nada. ¿Se atreverían a hablar del conflicto de Ruanda, de Cachemira, de Chechenia?”. No. Son juristas: su terreno no es la geopolítica. Pero con Israel se atreven. Se atreve todo el mundo. ¿Por qué? Porque Israel está bajo la permanente lupa mediática y su imagen distorsionada, contamina los cerebros del mundo. Y, porque forma parte de lo políticamente correcto, porque parece solidario, porque sale gratis hablar contra Israel. Y así, personas cultas, cuando leen sobre Israel están dispuestas a creerse que los judíos tienen seis brazos, como en la Edad Media creían todo tipo de barbaridades. Sobre los judíos de antaño y los israelíes de hoy, todo vale.

La primera pregunta, pues, es por qué tanta gente inteligente, cuando habla sobre Israel, se vuelve idiota. El problema que tenemos quienes no demonizamos a Israel, es que no existe el debate sobre el conflicto, existe la pancarta; no nos cruzamos ideas, nos pegamos con consignas; no gozamos de informaciones serias, sufrimos periodismo de hamburguesa, fast food, lleno de prejuicios, propaganda y simplismo. El pensamiento intelectual y el periodismo internacional, ha dimitido en Israel. No existe. Es por ello que cuando se intenta ir más allá del pensamiento único, pasa a ser sospechoso, insolidario y reaccionario, y es inmediatamente segregado. ¿Por qué?
Hace años que intento responder a esta pregunta: ¿por qué? ¿Por qué de todos los conflictos del mundo, solo interesa éste? ¿Por qué se criminaliza un pequeño país, que lucha por su supervivencia? ¿Por qué triunfa la mentira y la manipulación informativa, con tanta facilidad? ¿Por qué todo es reducido a una simple masa de imperialistas asesinos? ¿Por qué las razones de Israel nunca existen? ¿Por qué nunca existen culpas palestinas? ¿Por qué Arafat es un héroe, y Sharon un monstruo? En definitiva, ¿por qué, siendo el único país del mundo amenazado con la destrucción, es el único al que nadie considera víctima?

No creo que exista una única respuesta a estas preguntas. Al igual que es imposible explicar completamente la maldad histórica del antisemitismo, tampoco resulta posible explicar la imbecilidad actual del antiisraelismo. Ambas beben de las fuentes de la intolerancia, la mentira y el prejuicio. Si, además, aceptamos que el antiisraelismo es la nueva forma de antisemitismo, concluimos que han cambiado las contingencias, pero se mantienen intactos los mitos más profundos, tanto del antisemitismo cristiano medieval, como del antisemitismo político moderno. Y esos mitos han desembocado en el relato sobre Israel. Por ejemplo, el judío medieval que mataba niños cristianos para beber su sangre, conecta directamente con el judío israelí que mata niños palestinos, para quedarse sus tierras. Siempre son niños inocentes y judíos oscuros. Por ejemplo, los banqueros judíos que querían dominar el mundo a través de la banca europea, según el mito de los Protocolos, conecta directamente con la idea de que los judíos de Wall Street dominan el mundo a través de la Casa Blanca.

El dominio de la prensa, el dominio de las finanzas, la conspiración universal, todo aquello que configuró el odio histórico contra los judíos, desemboca hoy en el odio a los israelíes. En el subconsciente, pues, late el ADN antisemita occidental, que crea un eficaz caldo de cultivo. Pero, ¿qué late en el consciente? ¿Por qué hoy surge con tanta virulencia una renovada intolerancia, ahora centrada, no en el pueblo judío, sino en el Estado judío? Desde mi punto de vista, ello tiene motivos históricos y geopolíticos, entre otros el cruento papel soviético durante décadas, los intereses árabes, el antinorteamericanismo europeo, la dependencia energética de Occidente y el creciente fenómeno islámico.
Pero también surge de un conjunto de derrotas que sufrimos como sociedades libres y que desemboca en un fuerte relativismo ético.
Derrota moral de la izquierda. Durante décadas, la izquierda levantó la bandera de la libertad, allí donde existía la injusticia, y fue la depositaria de las esperanzas utópicas de la sociedad. Fue la gran constructora de futuro. A pesar de que la maldad asesina del estalinismo hundió esas utopías y dejó a la izquierda como el rey desnudo, despojada de atuendos, ha conservado intacta su aureola de lucha, y aún marca las pautas de los buenos y los malos del mundo. Incluso aquellos que nunca votarían posiciones de izquierdas, otorgan un gran prestigio a los intelectuales de izquierdas, y permiten que sean ellos los que monopolicen el concepto de solidaridad.

También hoy, como ayer, esa izquierda perdona ideologías totalitarias, se enamora de dictadores y, en su ofensiva contra Israel, ignora la destrucción de derechos fundamentales. Odia a los rabinos, pero se enamora de los imanes; grita contra el Tzahal (ejército israelí), pero aplaude a los terroristas de Hamás; llora por las víctimas palestinas, pero desprecia a las víctimas judías; y cuando se conmueve por los niños palestinos, solo lo hace si puede culpar a los israelíes. Nunca denunciará la cultura del odio, o su preparación para la muerte, o la esclavitud que sufren sus madres. Y mientras alza la bandera de Palestina, quema la bandera de Israel. Hace un año, en el Congreso de AIPAC en Washington, hice las siguientes preguntas: “¿Qué patologías profundas alejan a la izquierda de su compromiso moral? ¿Por qué no vemos manifestaciones en París o en Barcelona en contra de las dictaduras islámicas? ¿Por qué no hay manifestaciones en contra de la esclavitud de millones de mujeres musulmanas? ¿Por qué no se manifiestan en contra del uso de niños bombas, en los conflictos donde el Islam está implicado? … Porque la izquierda que soñó utopías ha dejado de soñar, quebrada en el Muro de Berlín de su propio fracaso. Ya no tiene ideas, sino consignas. Ya no defiende derechos, sino prejuicios. Y el mayor prejuicio de todos es el que tiene contra Israel. Acuso, pues, de forma clara: la principal responsabilidad del nuevo odio antisemita, disfrazado de antiisraelismo, proviene de aquellos que tendrían que defender la libertad, la solidaridad y el progreso. Lejos de ello, defienden a déspotas, olvidan a sus víctimas y callan ante las ideologías medievales que quieren destruir la civilización. La traición de la izquierda es una auténtica traición a la modernidad.

Derrota del periodismo. Tenemos un mundo más informado que nunca, pero no tenemos un mundo mejor informado. Al contrario, las autopistas de la información nos conectan con cualquier punto del planeta, pero no nos conectan ni con la verdad ni con los hechos. Los periodistas actuales no necesitan mapas, porqué tienen Google Earth, no necesitan saber historia, porqué tienen Wikipedia. Los históricos periodistas que conocían las raíces de un conflicto, aún existen, pero son una especie en vías de extinción, devorados por este periodismo de hamburguesa que ofrece noticias fast-food, a lectores que desean información fast-food. Israel es el lugar del mundo más vigilado y, sin embargo, el lugar del mundo menos comprendido. Por supuesto, también influye la presión de los grandeslobbys del petrodólar, cuya influencia en el periodismo es sutil pero profunda. Cualquier mass mediasabe que si habla contra Israel, no tendrá problemas. Pero ¿qué ocurrirá si critica a un país islámico? Sin duda, entonces, se complicará la vida. No nos confundamos. Parte de la prensa que escribe contra Israel, se vería reflejada en una aguda frase de Goethe: “nadie es más esclavo que el que se tiene por libre, sin serlo”. O también en otra, más cínica, de Mark Twain: “Conoce primero los hechos y luego distorsiónalos cuanto quieras”.

Derrota del pensamiento crítico. A todo ello, cabe sumar el relativismo ético que define el momento actual, y que se basa, no en la negación de los valores de la civilización, sino en su banalización. ¿Qué es la modernidad? Personalmente lo explico con este pequeño relato: si me perdiera en una isla desierta, y quisiera volver a fundar una sociedad democrática, solo necesitaría tres libros: las Tablas de la Ley, que establecieron el primer código de la modernidad. “El no matarás, no robarás,…” fundó la civilización moderna. El código penal romano. Y la Carta de Derechos Humanos. Y con estos tres textos, volveríamos a empezar. Estos principios, que nos avalan como sociedad, son relativizados, incluso por aquellos que dicen defenderlos. “No matarás”…, depende de quien sea el objetivo…, piensan aquellos que, por ejemplo en Barcelona, se manifestaron con gritos a favor de Hamás. “Vivan los derechos humanos”…, depende de a quien se aplican, y por ello no preocupan millones de mujeres esclavas. “No mentirás”…, depende de si la información es un arma de guerra a favor de una causa. La masa crítica social se ha adelgazado y, al mismo tiempo, ha engordado el dogmatismo ideológico. En ese doble viraje, los valores fuertes de la modernidad han sido substituidos por un pensamiento débil, vulnerable a la manipulación y al maniqueísmo.
Derrota de la ONU. Y con ella, una rotunda derrota de los organismos internacionales que deben velar por los derechos humanos, y que se han convertido en muñecos rotos en manos de déspotas. La ONU solo sirve para que islamofascistas como Ahmadineyad, tengan un altavoz planetario desde donde escupir su odio. Y, por supuesto, para atacar sistemáticamente a Israel. También contra Israel, la ONU vive mejor.

Finalmente, derrota del Islam. El Islam de las luces sufre hoy el violento ataque de un virus totalitario que intenta frenar su desarrollo ético. Este virus usa el nombre de Dios para perpetrar los horrores más inimaginables: lapidar mujeres, esclavizarlas, usar embarazadas y jóvenes con retraso mental como bombas humanas, adiestrar en el odio, y declarar la guerra a la libertad. No olvidemos, por ejemplo, que nos matan con móviles vía satélite conectados… con la Edad Media…
Si el estalinismo destruyó a la izquierda, y el nazismo destruyó a Europa, el fundamentalismo islámico está destruyendo al Islam. Y también tiene, como las otras ideologías totalitarias, un ADN antisemita. Quizás el antisemitismo islámico es el fenómeno intolerante más serio de la actualidad, no en vano afecta a más de 1.300 millones de personas educadas, masivamente, en el odio al judío.
En la encrucijada de estas derrotas se encuentra Israel. Huérfano de una izquierda razonable, huérfano de un periodismo serio y de una ONU digna, y huérfano de un Islam tolerante, Israel sufre el violento paradigma del siglo XXI: la falta de compromiso sólido con los valores de la libertad. Nada resulta extraño. La cultura judía encarna, como ninguna, la metáfora de un concepto de civilización que hoy sufre ataques por todos los flancos.

Ustedes son el termómetro de la salud del mundo. Siempre que el mundo ha tenido fiebre totalitaria, ustedes han sufrido. En la Edad Media española, en las persecuciones cristianas, en los progroms rusos, en el fascismo europeo, en el fundamentalismo islámico. Siempre, el primer enemigo del totalitarismo ha sido el judío. Y en estos tiempos de dependencia energética y desconcierto social, Israel encarna, en propia carne, al judío de siempre.
Una nación paria entre las naciones, para un pueblo paria entre los pueblos. Es por ello que el antisemitismo del siglo XXI se ha vestido con el eficaz disfraz del antiisraelismo. ¿Toda la crítica contra Israel es antisemita? No. Pero, todo el antisemitismo actual se ha volcado en el prejuicio y la demonización contra el Estado judío. Un nuevo vestido para un viejo odio.

Dijo Benjamin Franklin: “donde mora la libertad, allí está mi patria”. Y añadió Albert Einstein: “la vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. Este es el doble compromiso aquí y hoy: no sentarse nunca a ver pasar el mal y defender siempre las patrias de la libertad.

Gracias.
Pilar Rahola
Julio 2014

 

Si Hamas tira misiles a las poblaciones civiles, no lo hace para matar, sino para hacer un happening

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Que no lo lean…
Si Hamas tira misiles a las poblaciones civiles, no lo hace para matar, sino para hacer un happening
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Que este artículo no lo lean los que lo saben todo de este endiablado conflicto. Que no lo lean los que creen que siete millones de israelíes son asesinos potenciales, ávidos de sangre de niños, del estilo del mito medieval de los judíos que bebían la sangre de niños cristianos. Que no lo lean los que crean que Israel no se defiende de nada, sino que le encanta la guerra y la muerte. Que no lo lean los que reducen una sociedad democrática, ansiosa de paz y seguridad, a una cofradía de enloquecidos imperialistas. Tampoco los que saben quién es el malo, aunque no conozcan las circunstancias que han desembocado en otro momento trágico. Que no lo lean los que sólo ven la violencia cuando los israelíes mueven los tanques, pero nunca cuando caen miles de cohetes sobre la población israelí, cuya vida diaria es un infierno. Y tampoco los que nunca ven a las víctimas judías, porque las consideran culpables de su propia muerte.Y no, que no lo lean los que creen que Hamas es una organización pacífica de resistencia, y no un movimiento fanático, cuyo doble objetivo es la destrucción de Israel y la creación de una república islámica. Que no lo lean los que no quieren saber que Hamas sitúa sus bases de misiles en pisos repletos de personas para usarlos como escudos humanos. Que no lo lean los que muestran fotos de niños palestinos, pero no hablan de los niños judíos que pueden morir cada día bajo los misiles y que no mueren porque el escudo israelí lo impide. Que no lo lean los que piensan que si Hamas tira misiles a las poblaciones civiles no lo hace para matar personas, sino para hacer un happening.Tampoco aquellos que no se preguntan qué países financian la guerra santa en la zona, impiden los acuerdos e imposibilitan la paz. Ni tampoco los que crean que el pueblo palestino tiene unos líderes magníficos, y no unos tipos violentos que los conducen al desastre. Que no lo lean los que no se acuerden de que en los refugios antimisiles también se protegen los árabes israelíes. Tampoco los que no saben nada de historia y repiten los viejos mantras de la propaganda antiisraelí. Que no lo lean los que usan la palabra sionista como si fuera una maldad intrínseca, sin saber ni quién era Teodor Herzl, ni las bases socialistas del movimiento, ni el espíritu de convivencia que lo alentó. Y por no leer, que no lo lean los que niegan todo debate, porque ya han condenado a Israel en el tribunal del dogma. Que no lo lean los que sólo se interesan por ese conflicto, y nunca por los miles de muertos musulmanes en manos de sus propios fanáticos. Y, finalmente, que no lo lean los que sitúan en un plano moral superior condenando a Israel al infierno y niegan a los demás el derecho a ver con más complejidad el conflicto. Que no lean nada de esto, porque ya tienen todas las respuestas, ellos, que no son capaces de hacerse ni una sola pregunta.
pilar-raholaPilar Rahola
La Vanguardia. Barcelona.
18/07/2014

 

Israel, el mundo árabe y los medios de comunicación

Conferencia de la Lic. Pilar Rahola en la Universidad ORT Uruguay, el 6 de junio de 2013, invitada por la universidad y el Keren Kayemet LeIsrael,en el marco de una gira por Sudamérica. Participaron estudiantes de la Facultad de Comunicación y Diseño y de la Facultad de Administración y Ciencias Sociales, de las áreas de periodismo y estudios internacionales respectivamente, junto a invitados especiales, y por circuito cerrado público general.

El factor X de los judíos

Diario El País

Tranquilos, todos quietos. Que no se asuste Maruja Torres ni toda la corte de martillos de herejes israelíes que habitan por las esquinas del dogmatismo progre. Este artículo no va de Oriente Próximo, quizá porque el verano, a pesar de sus negras noticias, se resiste a abandonar las buenas intenciones. Además, la persistente lógica perversa de la maldad terrorista cae por su propio peso, más allá de los intentos que algunos tienen de demonizar todo lo que huele a occidental, y perdonar paternalmente lo que se cuece en las montañas donde cabalgan los nuevos Almanzor. En todo este denso y complejo conflicto entre una ideología nihilista totalitaria, con vocación imperial, y el código ético-político de la modernidad, los hay que son tan antioccidentales, que acaban siendo antimodernos. Y por modernidad entiendo los valores históricos que han cuajado en un modelo de sociedad libre. Por decirlo con un símil de propia cosecha que me resulta simpático: los hay que ven a un cura católico y les sale un sarpullido, pero ven a un imán en las montañas del Líbano, y tienen un orgasmo. Imagínense la histeria si ven a un rabino…

Decía que el artículo iba de otra cosa. El pasado jueves, en ese edificio mágico de Puig i Cadafalch que hoy alberga la Casa Asia, vivimos una extraña y feliz tarde de verano. El profesor de ciencia política Xavier Torrens y Jaime Huberman, portavoz de la comunidad judía Bet Shalom de Cataluña, nos invitaron a reflexionar sobre el «factor X de los judíos», quizá inspirados por ese estimulante programa musical que triunfa en Cuatro. ¿Qué factor cultural, religioso, histórico, incluso hasta genético podría explicar las sorprendentes cifras que rodean a los innumerables escritores, pensadores, directores de cine, músicos, creadores de todo tipo que han surgido del pueblo judío? Que un grupo humano que representa menos del 0,2% de la población mundial haya dado a la humanidad más del 20% de los premios Nobel, entre ellos algunos de los últimos, está fuera de toda estadística y, seguramente, de toda lógica. Claves en la literatura mundial, con algunos hitos en el siglo XX que marcaron a fuego a generaciones enteras -con Marcel Proust a la cabeza-, también ha sido la aportación judía la que ha sentado las bases del pensamiento moderno. El chiste lo resume de forma magnífica: un día, un judío se subió a la montaña y, al bajar, aseguró: «Dios es la verdad, y la verdad está en la ley». Se llamaba Moisés. Siglos después, otro judío aseveró: «La verdad es Dios, y Dios es amor». Se llamaba Jesús. Luego apareció otro que, sin amor divino, aseguró que la verdad era el dinero. Era un tal Karl Marx. Después llegó Freud y situó la verdad algo más abajo del bolsillo, en la zona crucial de la entrepierna. Y, para acabar el círculo, apareció el judío Einstein y lo barrió todo: «La verdad es relativa». Nada de la filosofía, la matemática, la física, la medicina, la literatura, la música, nada relevante en el terreno del pensamiento, la ciencia y la creación se puede explicar sin la extraordinaria aportación del pueblo judío. Y siempre fueron muy pocos. Y siempre fueron perseguidos como ratas.

¿Factor X? Ahí estuvimos, en una sala repleta, con gentes por pasillos y suelos improvisados como sillas, intentando dar respuesta a un particular enigma. El historiador Joan Culla analizó la aportación política, Xavier Torrens se atrevió con la creatividad, Vicenç Villatoro con la literatura, yo apuré algunas ideas sobre la aportación al pensamiento, el rabino Ariel Edery lidió con la superación en la adversidad y, con la ayuda de Jaime Huberman, que nos acogió en ese espacio de libertad y cultura que es la gente de Bet Shalom, salieron algunas ideas presentables. Este es el aperitivo de una reflexión colectiva apasionante y, seguramente, imposible. El factor no es genético. En el pueblo judío hay de todo, como en todas las boticas, desde cerebros brillantes a gente de limitada ambición mental, aunque el porcentaje de genios está fuera de toda curva estadística. El factor no es religioso, ya que parece que los dioses sólo iluminan los caminos cuando uno enciende las velas. Tampoco parece un factor histórico, aunque la pesada carga de su pesante historia ha conformado un instinto sobrenatural de superación. Xavier Torrens habló del valor del estudio, no en vano los judíos fueron, durante siglos, el único pueblo de nuestra cultura que estaba alfabetizado. Pero también estudian los fundamentalistas del Pakistán, de manera que el factor diferencial no es estudiar, sino lo que se estudia… Personalmente, situé la cuestión en la singular cultura libertaria y antidogmática de un pueblo que incluso discute con su propio Dios, pueblo del libro, vinculado a la palabra y a la reflexión. Fueron ellos quienes, hace miles de años, escribieron un código de leyes que aún marca las pautas actuales de la convivencia. Y fue el rabino Edery quien selló la reflexión. Quizá el factor X es la vida judía, el conjunto de valores que marcan su complejo entramado cultural, en los cuales, la veneración por la vida, la superación individual y el compromiso con la cultura han sido su hecho diferencial durante siglos. Desde luego, no es baladí el esfuerzo económico que Israel dedica a la investigación científica y médica -en un país que se ve obligado a dedicar el 60% de sus recursos a defensa-, pero ello sólo explicaría el fenómeno en las últimas décadas. Aunque quede este dato para contrarrestar algunos odios: 50 años de petróleo y recursos ilimitados, decenas de países y millones de personas, no han dado un solo premio Nobel al mundo. 50 años de Israel, con escasa población y recursos limitados, han dado más de una decena.

Este artículo no pretende responder al enigma, pero me pareció interesante plantearlo, inspirada por esa feliz tarde de verano. Y no tanto para animar a buscar respuestas, como para recordar que cuando hablamos de los judíos, hablamos de cultura, de pensamiento, de ciencia. Ningún pueblo ha aportado tanto siendo tan pequeño. Sin embargo, lo mayoritario no es el agradecimiento. Lo mayoritario es repetir, machaconamente, las maldades del prejuicio y el desprecio.

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